El Liceo del siglo XIX

2017-12-10

Un teatro para la burguesía ilustrada

Este teatro se originó gracias a una sociedad de burgueses cultos, ilustrados y amantes de la ópera que habían enfrentado las propuestas "tradicionalistas y superficiales" del Teatro de la Santa Cruz (que después se llamará el Principal para establecer su jerarquía en la ciudad), con cuyos aficionados tenían una relación conflictiva desde el nacimiento del Liceo. Esta sociedad, que existe hasta la fecha, creó un sistema administrativo y de gestión que regiría durante casi ciento cincuenta años al teatro y lo convertiría en un caso excepcional en Europa:

"Para la realización de su objetivo, dicha sociedad estructuró un plan económico que consistía en poner a la venta perpetua por suscripción pública la mitad de las localidades del teatro. Estas quedarían en propiedad definitiva de sus compradores, y el resto, o sea la otra mitad, se reservaban siempre para la libre venta en taquilla." [1]

La sociedad de propietarios sostuvo el teatro a pesar del primer incendio en 1861, de la negativa de la corona española para ayudar a su reconstrucción y del incidente en que un anarquista tiró dos bombas desde el quinto piso. Además, se convirtió en el teatro más importante de España a pesar de no estar en la capital.

En ese entonces, como en casi todos los teatros de ópera del mundo, la vida social tenía un peso mayor que el artístico. La sala no se oscurecía, la gente podía salir y entrar a su antojo y la vida de los palcos y los antepalcos podía incluir muchas actividades económicas, laborales, de negocios o incluso clandestinas e inmorales para la época, que definían un tipo de sociedad y una manera de vivir.

La programación era ecléctica y no obedecía a los cánones que consideramos imponderables ahora:

"Al día siguiente de una función operística del mayor rumbo, se colgaban en el escenario los trapecios de unos volantineros. Cuando no se celebraban rifas de pavos y turrones, la empresa daba funciones llamadas 'ómnibus' por la cantidad de programa, que se veían asistidas por un público vocinglero que permanecía con la gorra puesta y golpeaba el suelo con bastones. El humo del tabaco había deslucido la pintura y ennegrecido los dorados. Paralelamente surgían disidencias entre los accionistas y en el escenario no se vislumbraba autoridad capaz de imponer el orden de los actuantes."[2]

En esta época la temporada del Liceo se efectuaba con la participación de compañías nacionales y extranjeras, que se presentaban en periodos alternados en el teatro. Convivían, por ejemplo, la compañía de teatro de texto que venía de Castilla y la de ópera, normalmente extranjera, pero con presencia de cantantes nacionales. Además, la orquesta se contrataba de manera temporal. Fue después, hasta la llegada al Liceo de Mariano Obiols (1809-1888) -un alumno del famoso compositor italiano Saverio Mercadante (1795-1870)- que se estableció una orquesta fija.

Las representaciones íntegras de ópera representaban 12% de la programación y fue solo después del primer incendio en 1861 que la ópera ya era la actividad preferente de los espectadores asiduos. La mayor parte de las óperas representadas eran italianas y de estreno, porque en esta época se reponían muy pocas obras y más bien se esperaban las nuevas creaciones contemporáneas. 

Se necesitó de otra generación para que el teatro obtuviera su respeto artístico, pero este teatro inicial -ruidoso, tumultuoso y despreocupado- fue el que le tocó a  nuestra compatriota Ángela Peralta, que seguro estaba menos asombrada que nosotros, porque en esa época no era ni siquiera común que hubiese foso de orquesta en todos los teatros. 

[1]COLOMER PUJOL, 1974: 133.

[2]COLOMER PUJOL, 1974: 133.